Goza del día que estás viviendo y no jures que otro igual vendrá mañana pues nadie sabe el fin que el azar le tiene reservado. Algo así escribe Horacio a su amigo Leucónoe. Filtra tu vino, le dice, para mejorarlo y contén la esperanza.
¿Qué somos los seres humanos sin esperanza? Al contrario de lo que mucha gente cree, yo pienso que sin esperanza es cuando somos verdaderamente humanos, cuando comprendemos la importancia de nuestro corto vivir y cuando somos capaces de dar lo mejor de nosotros mismos sin temer a la Señora Muerte, esa dama que Baudelaire, en Las flores del Mal, nos describe con una mirada profunda y fría que hiere cual dardo y, de los pies a la cabeza, un peligroso aroma desprende su tostado cuerpo.
"Ay, Muerte, muerta seas, muerta y malandante/ matásteme a mi amado, matásteme a mi amante." Así, con estos versos, echa a andar la lengua castellana, matando a la Muerte por el dolor que nos causa. Yo prefiero refugiarme en el Tao, el libro de la vida y la virtud que el filósofo Lao-Tze escribió en el siglo V antes de Cristo: "Aquello que la oruga llama el fin del mundo, el resto del mundo lo llama mariposa".
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